Lun. Jun 17th, 2024

Érase una vez un chaval normal y corriente llamado Antón Álvarez Alfaro que trabajaba en un restaurante Pans & Company. Allí pasaba las horas sirviendo bocadillos Pulled Pork BBQ y fingers de mozzarella, a veces hasta altas horas de la madrugada, pero no cobraba mucho de ese desempeño: la encargada, de nombre Vanesa, borraba del registro buena parte de las horas extra y la empresa no le pagaba lo que justamente se había ganado. Pero resulta que aquel chaval hacía música en su tiempo libre, bajo pseudónimos como Crema, Pucho o C. Tangana, y con el tiempo se convirtió en una rutilante estrella. Y entonces, desde las alturas de la fama, consiguió vengarse de la empresa: la venganza es un bocata que se sirve frío y en prime time.

Esta fábula del patito feo precario que se convierte en cisne de la música urbana, un final feliz no al alcance de cualquiera, es una que contó C. Tangana en el último programa de Jordi Évole. Le robaron unos 600 euros, que no es poco para un joven en su situación. A Tangana te lo crees porque, a pesar de su pose arrogante en escena, cuando lo oyes hablar estás escuchando al mismo chaval normal y corriente que no acaba de creerse su éxito. Incluso llamó al boicot: “Si a alguien le gusta mi música, que no vuelva a comer en un puto Pans & Company en su vida”. El nuevo héroe de la clase precaria.

Existe una mística del artista incomprendido, que encadena trabajos volátiles y mal pagados, hasta que un día triunfa. Charles Bukowski fue cartero, lavaplatos, aparcacoches y mil cosas más. Brad Pitt fue repartidor de frigoríficos y pollo disfrazado, de esos que dan folletos publicitarios. Nadie diría que hubo un momento en el que Pablo Motos limpiaba cristales. Hay chistes que retratan la íntima conexión entre el arte dramático y la hostelería: ¿qué le dice un actor con trabajo a un actor sin trabajo?

—¿Qué quieres tomar?

Parece que el verdadero talento siempre salga a flote, contra viento y marea, y brille junto al sol. Pero se huele en esta idea cierto tufillo meritocrático, falso una vez más: abundante talento permanece subterráneo y su ascenso también depende de los golpes de suerte y los gustos del mercado. Recuerden a aquel chaval talentosísimo para la petanca que tuvo que dejar su pasión porque de la petanca no se puede vivir. Y tampoco está claro que tengamos que considerar el talento como un mérito.

C. Tangana en el programa ‘Lo de Évole’. Captura de pantalla extraída del tráiler publicado en la red social X @LoDeEvole.

Entre los artistas son muy escasos los que lo petan (y luego nos cuentan que la fama es una mierda), pocos los elegidos para vivir de su trabajo con dignidad y muchísimos los que sobreviven con apaños, trabajos paralelos, hundidos en la precariedad, o, directamente, dedicándose a otra cosa. El Estatuto del Artista, que ahora promete seguir desarrollando el Ministerio de Cultura, trata precisamente de que el arte dé de comer, pero no solo al alma.

El precariado, que tanto se nutre de los trabajadores culturales, es una clase con escasa conciencia de sí misma y poco organizada sindicalmente, como la ha categorizado el economista Guy Standing, de modo que no le es fácil reivindicar sus derechos y es vulnerable a los abusos de las empresas. Lo que le queda, muchas veces, es convertirse en una estrella para denunciar los abusos, una curiosa forma de lucha laboral en tiempos espectaculares. Nadie escucharía a aquel Puchito de antes como se escucha al Tangana de ahora. Siguen ahí, repartiendo en bici, limpiando en casas, sirviendo en bares y restaurantes, arreglando habitaciones de hotel.

Cuando llegó la pandemia nos dimos cuenta de que los trabajadores esenciales no eran los diseñadores web, ni los chief financial officer, ni los tertulianos, ni los subsecretarios, ni los futbolistas, sino esa gente que, con trabajos poco reconocidos socialmente y de bajos salarios, mantienen el mundo girando. Nos prometimos cambiar, salir mejores, pero se ve que cuesta. Si el turismo es el motor más potente de la economía española, dos de sus pilares, la cultura y la hostelería, reunidas aquí en la figura del joven Antón antes de triunfar, son sostenidos por gente que no está bien.

Las empresas explotadoras deben tener cuidado: cualquiera de esos chavales a los que exprimen puede algún día exponer en el Reina Sofía o ganar un Grammy. Y cuando usted vaya a pedir un bocadillo pollo supreme en el Pans & Company, que sepa que al otro lado de la máquina registradora puede estar uno de los artistas más influyentes para las siguientes tres generaciones. Pida un refresco rellenable y un autógrafo.

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