Lun. May 20th, 2024

Hace unos dos años me dio por empezar a tirar de hemeroteca y leer, sin orden ni concierto, prensa de principios del pasado siglo. No sabría decir por qué. Confirmo no obstante la reducción de vocabulario que sufrimos. Cada página de aquellos periódicos es un cementerio de vocablos en desuso para nombrar objetos, conceptos y situaciones que ya no transitan la palabra escrita. Algunas han sido centrifugadas por vocablos multiuso. Otras, sustituidas por anglicismos innecesarios. Y un tercer grupo pertenece al de objetos e ideas que ya nadie sabe que existieron.

En este mismo periódico, en fecha mucho más moderna, leí el verbo “aventar”. ¿Hace cuánto que no lo escuchan ustedes? Palabras como guirlache, acerico, almirez, rodete, barragana, gomoso, tarasca, faltriquera, sansirolé, zanguango, légamo, empingorotado… todas de la manita camino del olvido. Hemos sido (culturalmente) ricos, pero elegimos ser pobres (de espíritu), vaya usted a saber por qué. Puso Delibes en boca del ficticio Mateo Lesmes, que “el hombre actual se limitaba a conservar los monumentos del [mundo] antiguo, y únicamente levantaba teatros, cafés y otros lugares de esparcimiento con una raíz exclusivamente material”. Algo de razón tenía el maestro de La sombra del ciprés es alargada a tenor del ocio que vivimos (ropa barata para ir a restaurantes caros en los que sacar fotos a la comida que otros han de ver que podemos permitirnos).

Frente a tan cenizo personaje se encuentra con que un director como Eugenio Monesma supera el millón y medio de suscriptores en YouTube. Este realizador ha cogido (por consejo de su hijo, me dicen) sus cientos de documentales sobre oficios, folclore, y tradiciones, y los ha subido a redes y a YouTube. Me alegra y sorprende a que cada poco tiempo salga en alguna conversación que algún amigo o conocido se ha parado a ver alguno de sus documentales, igual que cada poco me cruzo con algún fan de Melodías pizarras. Lo mejor en esta vida es lo que no se pone nunca de moda. Es liberador tener rincones solo para descubrir algo nuevo sin esperar réditos intelectuales ni sociales. Es tan necesario como parar en algún momento del día, respirar y pensar.

Hay demasiada gente en el mundo que quiere que no nos sentemos nunca a ello. Son los mismos que nos roban las palabras y, con ellas, las respuestas a la pregunta de: “¿Quién soy y a qué había venido yo aquí?”.

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