Dom. Abr 14th, 2024

Están tan acostumbrados a que les haga reír que cuando Jon Stewart rompió a llorar hubo quien se carcajeó. El presentador del aclamado The Daily Show —un referente por tantas bondades que no caben en esta columna, aunque no me resisto a citar una: descubrirnos a John Oliver, la persona que desde su Last Week Tonight garantiza la mejor media hora televisiva de la semana— ha vuelto tras nueve años de ausencia para cubrir la carrera electoral estadounidense y no lloraba, aunque podría haberlo hecho, por los datos de Trump en las primarias, se quebraba porque el día antes había fallecido su perro Dipper. Stewart recordó cómo lo había conocido: hace una década participó junto a sus hijos en la recaudación de fondos para un refugio de animales y al final del día alguien les presentó a un precioso pitbull atigrado que había perdido una pata tras ser atropellado. Fue amor a primera vista. “En un mundo de buenos chicos, tú fuiste el mejor”, dijo sin contener el llanto. Es un dolor difícil de compartir, lo sé bien, vi el clip en la sala de espera del veterinario, después de que en una visita que se suponía rutinaria a mi gato Pachín le diagnosticasen un linfoma, y las lágrimas de Stewart se mezclaron con las que yo contenía mientras me hablaban sin que escuchase sobre quimioterapia y protocolos no invasivos.

Si no hubiese un regidor por medio, apuesto a que alguien del público habría gritado: “¡hey, Jon y qué pasa con las personas!”. Los que consideramos familia a nuestros animales siempre estamos bajo sospecha. Si lamentas las decenas de vidas no humanas que se perdieron en el incendio de Valencia siempre habrá quien te acuse de ningunear a las personas, como si un dolor excluyese el otro; como si por sufrir por más sufriéramos menos; como si el amor fuese finito y lo malgastásemos en menudencias. Además de apenarnos debemos pasar una reválida moral.

Viendo las imágenes del rescate muchos nos planteábamos qué habríamos hecho con nuestros animales. Una amiga que vive en un noveno se preguntaba si sería una locura comprar cuerda para bajarles por la fachada en caso de catástrofe. No es un desvarío mayor que los que yo barrunté mientras seguía la angustiosa cobertura. Habrá quien minimice nuestra angustia e incluso quien crea que nuestras lágrimas son de segunda categoría, aunque nuestro dolor sea de primera.

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