Dom. Abr 14th, 2024

Hibridan las especies y ahora también hibridan el documental y la ficción. Se lleva el docudrama, las miniseries que aspiran a combinar una dramatización más o menos ambiciosa y el rigor propio de un documental. El penúltimo ejemplo es Alejandro Magno: La creación de un dios, en Netflix, donde nos cuentan al líder macedonio que edificó un gran imperio y expandió la cultura helenística en el Mediterráneo oriental y más allá. Pero ocurre aquí que cuando te metes en la parte dramatizada te dejas llevar como con cualquier serie o película, y no es suave la transición a los cortes de entrevistas para escuchar los comentarios de los que saben, más que pertinentes, pero que te interrumpen.

La serie sobre Alejandro se centra en un periodo de tiempo breve: el puñado de años en el que el conquistador se enfrentó al rey persa Darío III. Y así se justifica que la narración no pase de seis capítulos (podrían hacer otra temporada con sus aventuras más orientales, que acabaron mal para él). La parte dramática no termina de meterte en la mente de Alejandro, quizás haya una excesiva teatralización, pero está lograda técnica y visualmente. Para algunos lo más polémico, aún estamos así, ha sido que presenten a El Grande teniendo una relación homosexual con Hefestión, lo que parece bastante defendible para los historiadores. Es un elogio del gran estratega militar de su tiempo, aunque se pasa por alto que era capaz de mostrar una crueldad despiadada cuando lo creía oportuno.

Lo último en docudramas es más audaz. Prehistoria: últimos secretos, en Movistar+, es una coproducción franco-china (con el título original L’Homme de Pékin) de solo dos capítulos de 44 y 52 minutos, respectivamente. Lo ha dirigido Jacques Maleterre, autor de otras producciones sobre la misma temática (La odisea de la especie, Homo sapiens, El amanecer del hombre). Esta vez tiene la aspiración de contar ¡800.000 años! de las especies humanas en Asia a partir de las investigaciones sobre el Hombre de Pekín, hallado hace casi un siglo ya y calificado en su día como el “eslabón perdido”.

El primer episodio se centra en el Homo erectus a partir de su aprendizaje a conservar el fuego, eso sí que fue una revolución; en el segundo ya están los sapiens llegados de África y otros linajes humanos, como el hombre dragón o el hombre de Flores, y terminamos en el verdadero descubrimiento de América: el día que nuestros antepasados cruzaron el estrecho de Bering tras una durísima travesía por el hielo. Todo está dramatizado de principio a fin, así que nada interrumpe al que se zambulle en la ficción.

La financiación de China seguramente le permitió al director francés subir el presupuesto a cambio de ubicar la mayor parte del relato en lo que hoy es su territorio; se percibe cierto propósito nacionalista, el de mostrar al mundo que la suya es una civilización antiquísima. Pero eso no distrae tanto. Con todo, ha debido ser un gran reto técnico, por muchos efectos digitales y maquillaje que se gasten, aunque en algunas escenas de especies extintas (como el imponente simio gigantopiteco o el gran felino megantereon) se nota la animación detrás de la bestia. Impactante en cualquier caso.

Aquí no salen los paleontólogos que han asesorado, sino que una voz en off va poniendo el contexto a buen ritmo. Estos personajes prehistóricos son creíbles en su caracterización, y el director ha evitado presentarlos como rudos salvajes, a pesar de que se explican sus primeros pasos, titubeantes, hacia la socialización. Pero, claro, pasa todo tan rápido que parece que la misma persona descubrió cómo llevarse el fuego y montó una barbacoa el mismo día, que los avances (el habla, la hoguera, la lanza, el arte) se producen del tirón y no durante milenios. El primer capítulo resulta el más interesante, porque está menos trillada la historia de aquellos bípedos que lograron con sus habilidades técnicas dejar de ser una presa fácil para los depredadores. Se recrean sus primeros ritos: el pensamiento mágico, queda claro, viene de muy atrás.

Prejuicios

Lo que se cuenta en esta serie tiene más de Rousseau que de Hobbes: las primeras comunidades humanas se retratan como solidarias, igualitarias y libres. Solo existía la maternidad, porque no entendían la causa de los embarazos y, para los hombres del clan, todos los niños eran hijos de todos. Vemos a mujeres en posiciones de liderazgo o creando arte, algo que durante siglos se evitaba creer porque proyectábamos nuestros prejuicios de sociedades posagrarias. No eran hostiles con las otras estirpes humanas con las que se cruzaban rumbo al sur.

Cuando hibrida la ficción y el documental acaba pesando más la ficción. Sabemos la lista con cada faraón de Egipto y la parte mayor (enorme) de la historia de las especies humanas, separadas del árbol de la evolución hace unos dos millones de años, sigue envuelta en misterio. Por eso mismo es fascinante. Este relato te atrapa, pero lamentas lo corto del metraje, la precipitación en narrar las innovaciones trascendentales que nos hicieron como somos. Sabe a poco, pero es que son 96 minutos: ¿qué esperabas?

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